La abeja melipona es más chica que un grano de arroz, vive en un tronco hueco y no te puede picar. Los mayas le decían Xunan Kab, señora de la miel, y usaban su miel como medicina, moneda y ofrenda. Con la Conquista, esa miel acabó en las listas de tributo. Cuando la abeja europea se apoderó de la península, la meliponicultura casi desapareció.
En el santuario conoces a las sobrevivientes. Las colmenas son jobones, troncos huecos apilados a la sombra igual que hace mil años, y el meliponicultor abre uno para que veas trabajar a la colonia. Las abejas se te paran en las manos. No pasa nada. Ese es justo el punto, y es el momento en que a los niños se les quita el miedo a los insectos por el resto del viaje.
Luego viene la probada. La miel de melipona es más líquida de lo que conoces, casi cítrica, con un toque fermentado, y en toda la península se ha usado para infecciones de ojos, tos y heridas mucho antes de que alguien escribiera un estudio al respecto. También ves cómo termina convertida en Xtabentún y, si el meliponicultor anda de ánimo, escuchas una bendición corta en maya.
Dura noventa minutos, casi todo bajo sombra, y es el tour del que la gente vuelve a hablar en la cena. Cozumel tiene arrecifes y ruinas. También tiene esto, y calladito es de lo mejor de la isla.